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25 mayo, 2013

Ayer no termina nunca: Un nuevo empacho de palabras

Por Clara Martínez Malagelada
Publicado el 8 de Mayo de 2013 en Under Magazine

Seguramente Isabel Coixet haya logrado hacerse ya con aquello que todo autor persigue o, inevitablemente, consigue: un sello personal, un universo propio y reconocible. Aspectos – formales, de contenido… -  que se repiten, distintamente, en cada una de sus obras. Desde la galardonada Mi Vida sin mí, 2003, hasta su Ayer no termina nunca, 2013, – sin dejar de lado sus muchas otras incursiones en el audiovisual –  el ‘Mundo Coixet’ es una realidad que mueve tanto a sus admiradores como a detractores. De hecho, su última propuesta no ha defraudado a ninguno de ellos. La nueva película de la directora catalana ha suscitado polémica desde que inauguró la pasada edición del Festival de Cine de Málaga.


Ayer no termina nunca narra el reencuentro de dos vidas, víctimas de la situación política, económica y social de la España actual. Tras cinco años de silencio, la pareja formada por Candela Peña y Javier Cámara se cita con un funcionario en una nave de Barcelona para tramitar papeles. A la espera de su llegada, ambos tratarán de responder a las muchas preguntas que les han separado durante este tiempo. Paralelamente, imágenes en blanco y negro representarán su mundo interior, mientras que otras en color- atardecer recordarán la felicidad de la pareja.
Tres mundos. Tres escenarios. Dos personajes. 108 minutos por delante. Podemos afirmar que es ésta la película más intimista y teatral de Isabel Coixet. Una película marcada por el diálogo, los silencios, los gestos, el color y la lluvia. Nada más. También es ésta una de sus obras más políticas y actuales – no olvidemos asimismo su documental Escuchando al Juez Garzón – en la que responsabiliza sin tapujos a la España de hoy de la vida que podemosllevar. E, indudablemente, Ayer no termina nunca es igualmente una de las películas más arriesgadas de Coixet. Sí, y no sólo por su sencilla y minimalista puesta en escena, sino también por su estructura narrativa.  Lo que ocurre es que la valentía no tiene porque ser siempre un añadido cualitativo.

Ayer no termina nunca es el resultado de lo que podía haber sido y no ha sido. Una película que convierte su mayor arma, la palabra, en su mayor enemigo, la artificialidad. Y no sabemos muy bien si son los actores, sus diálogos o aquellos flashes oníricos que constantemente rompen con el ritmo y des-aportan – con permiso – emoción y continuidad. No sabemos si se trata de un problema de dirección – ¿cómo lograr filmar a Candela Peña como si fuera Liv Ullmann? – de creatividad o, simplemente, de duración. El caso es que, aunque en momentos puntuales, y con sumo esfuerzo, entremos en la historia, Ayer no termina nunca no logra generar ningún tipo de comunión con el espectador, precisamente por su falta de naturalidad y frescura; precisamente, porque el sufrimiento nunca llega…
Porque, como ya dijo Aristóteles, lo importante, lo que nos emociona y cautiva, no es el hecho de que sea realmente verdad lo que leemos o vemos… sino que dicha historia resulte verosímil. Y, sinceramente, de la última película de Isabel Coixet, yo no me creo nada…

23 mayo, 2013

Hacia el asombro… otra vez.

Por Clara Martínez Malagelada
Publicado el 20 de Abril de 2013 en Under Magazine



Si observamos la filmografía de Terrence Malick nos daremos cuenta de que, de un tiempo a esta parte, el director ha pisado fuerte el acelerador. Recordemos que, desde 1973, año en el que dirige su primer largometraje, Badlands (Malas Tierras), hasta 2011, fecha que abre, con The Tree of life (El árbol de la vida), el comienzo de una etapa mucho más prolífica, Terrence Malick sólo ha dirigido tres largometrajes más: Days of Heaven, 1978 (Días del cielo), The Thin Red Line, 1998 (La Delgada Línea Roja) y The New World, 2005 (Un nuevo mundo). Cuatro películas en treinta y dos años. Sin embargo, desde 2011, ha estrenado dos obras y otras tres se encuentran en fase de post-producción. Cuanto menos, sorprendente.
En esta ocasión llega To the Wonder, la obra que dejó helada a medio Cannes un año después de que El árbol de la vida recibiera la Palma de Oro. Lo que son las cosas. A Malick parece pasarle algo parecido a Kubrick y su 2001, Una Odisea en el espacio: genera incomprensión, desconcierto, extrañeza… y conduce a posturas muy opuestas, a la admiración o al rechazo. Pero lo cierto es que Kubrick no rodó más de una odisea en el espacio…
Protagonizada por Ben Affleck, Olga Kurylenko, Rachel McAdams y Javier Bardem, To the Wonder narra la historia de amor-desamor entre Neil, un desganado aspirante a escritor, y Marina, una joven madre europea. Al mismo tiempo, el sacerdote Quintana duda sobre su propia vocación. Nada fuera de lo común. Sin embargo, la forma en la que Terrence Malick filma y, sobretodo, edita, su película, es lo que convierte la historia en una experiencia distinta. Y es que, desde los inicios de su filmografía, el director norteamericano ha dado muestras de ser un gran creador de atmósferas, de sensaciones. De hecho, en sus dos recientes trabajos Malick ha llevado dicha capacidad al límite, convirtiendo sus imágenes en trazos metafísicos.

Terrence Malick sabe sacarle partido al mundo digital. Tras filmar horas y horas de video – y prescindiendo incluso de varios personajes – To the Wonder adquiere la forma de un gran collage. Trozos de metraje rompen con la continuidad espaciotemporal – nada de presentación, nudo y desenlace – y, acompañados de una banda sonora de poema sinfónico, generan una sensación de desubicación casi constante. Entre París y Oklahoma, retales de amor, infidelidad, soledad, sufrimiento… laten prácticamente en silencio. Al igual que El árbol de la vidaTo the Wonder se convierte, también, en una poderosa obra visual, gracias a su colorida fotografía de contemplación.

Destaca el laborioso trabajo de edición, no sólo por la propia discontinuidad del montaje, – ni siquiera por las horas de material condensado… – sino porque es a través del corte y la yuxtaposición de planos como el director sugiere, insinúa y, sobretodo, nos lleva a reflexionar. Caricias, cuerpos, miradas, juegos de niños… habitan en un gran lienzo de paisajes y espacios abiertos.


Malick invita al espectador a participar del asombro por las cosas más cotidianas. En un sentido heideggeriano – ya sabemos que Heidegger es el filósofo de cabecera de Malick – el asombro es la disposición en la que y para la que se abre (el hombre) al ser del ente. Y es en dicha apertura que se dirige al fondo de lo acostumbrado, ese fondo, que hasta ahora permanecía obvio y oculto, de pronto aparece como algo absolutamente no-obvio e insólito. En cuanto el fondo pierde su obviedad, con él cambia también el ser humano mismo[1]. Y es que, precisamente, ¿no trata To the Wonder – wonder: “preguntarse”, “maravillarse”, “sorprenderse”, “asombrarse” – de instalarnos en ese asombro? ¿no busca despertar en nosotros el asombro filosófico que desata la sed de saber, propia de la curiosidad? Al fin y al cabo, como dijimos al comienzo, no hay nada fuera de lo común en esta doble historia de pérdida de fe. Pero sí lo hay en el modo en que despierta en el espectador esa maravilloso extrañamiento ante lo bello y cercano.


No es la primera vez que una película de Terrence Malick da lugar a interpretaciones semejantes. En sus anteriores obras, recordemos La delgada línea roja, por ejemplo, también hayamos formas parecidas – destellos de emociones, trozos de instantáneas, preguntas en off, imágenes evocadoras -, un estilo que predominará a partir de El árbol de la vida. Si en aquella ocasión se centró en la mirada infantil que descubre los misterios del mundo, ahora lo hace en el complejo universo adulto.  Sin embargo, en mi opinión, To the Wonder no logra transmitir la fuerza de aquella otra. De hecho, el mayor problema de To the Wonder es El árbol de la vida… porque hay algo de disfraz en esta – ya no tan nueva – incursión metafísica malickiana… Sí. Las imágenes nos suenan ya. También algunos planos. Y, aunque el trasfondo sea distinto – el argumento, podríamos decir – tanta repetición formal le resta verosimilitud.
Tras El árbol de la vida y To the Wonder, y, sabiendo que Terrence Malick cuenta con material como para hacer media docena de películas más, sólo podemos desear que el director norteamericano nos sorprenda como lo hizo con El árbol de la vida, porque, a veces, reinventarse no está reñido con mantener nuestro sello personal. Y si no, miren el último trabajo de Abbas Kiarostami.

[1] Habitar el asombro, Crescenciano Grave


16 mayo, 2013

“Gracias por mantenerme vivo”…

Por Clara Martínez Malagelada
Publicado en Under Magazine el 30 de Marzo de 2013


Searching for Sugar Man, de Malik Bendjelloul, el documental ganador del Oscar que, casi casi, está logrando hacer que dejemos de hablar de Argo… Y por méritos propios, claro.
La historia de un músico al que nadie conocía en su país, EE.UU y, sin embargo, un poco más abajo, en Sudáfrica, era más famoso que Elvis Presley. Maravilloso… Añadamos que, el músico, ignoraba por completo tal situación, trabajando duramente para llegar a fin de mes. Mientras en América lo escuchaban su familia y cuatro amigos, sus canciones eran verdaderos himnos de revolución, de cambio, en la Sudáfrica del apartheid. Junto a Simon&Garfunkel y The Beatles, los discos de un tal Sixto Rodriguez eran los más populares. Realmente, esta historia no parece real…

Pero, ¿quién era Rodríguez? ¿Quién era aquel tipo al que todos tarareaban y adoraban? Sus letras entraron en Sudáfrica por casualidad, y se extendieron de mano en mano, de boca en boca… Pero nadie sabia nada de su ídolo. Sin embargo, llegaban voces diciendo que el músico se había quitado la vida en un concierto, en el mismo escenario… ¿Era cierto? ¿Rodríguez estaba muerto? Y, aunque eso fuera cierto, ¿por qué nadie parecía conocerle, ni siquiera, su propio país?
La misteriosa figura de Sixto Rodríguez permite al debutante Malik Bendjelloul construir un fascinante documental, y manejar con madurez una historia que podía haber ahogado sus pretensiones. Nada de eso, The Sugar Man, combinando material de archivo, entrevistas, fotografías, recreaciones actuales…, construye un guión inteligente, estructurado al compás de los acontecimientos. De esta forma, se dibuja una línea narrativa muy intencionada, sumergiendo al espectador de lleno en la historia.

Searching for Sugar Man
 es la historia de un obrero mexicano, afincado en Detroit, que lo tenía todo para triunfar y, sin embargo, pasó absolutamente desapercibido entre el público estadounidense. La película de Malik Bendjelloul es también la historia de un país, Sudáfrica, de unas personas, que persiguieron un sueño y, en su búsqueda, la música de Rodríguez les cambió la vida. Pero, por encima de todo, Searching for Sugar Man es la historia de un hombre que tenía los pies demasiado en la tierra… y a quien, ni el éxito ni el fracaso, le cambió la suya.

13 febrero, 2013

¿Qué hay más alegre que la alegría? ¡Nada!

12 de Febrero de 2013
Publicado en la Revista Digital Under Magazine

Por Clara Martínez Malagelada
Quizás, lo que más me interesa es revisar y revisitar la imaginería de la violencia, la destrucción moral y la distorsión ideológica; no para entenderla, sino para sacarla a la luz.


Pablo Larraín

Hoy sí quiero mencionar algunos premios que decoran el cartel de nuestra película: Nominada como mejor Película Extranjera en los Oscar; Nominada en el New York Film Festival; Ganadora del Premio Quincena de Realizadores a la mejor película en Cannes; Premiada con el Gran Coral en La Habana… Así llega No, el nuevo largometraje del director chileno Pablo Larraín.
Última entrega de la trilogía – Tony Manero (2008), Post Mortem (2010) – sobre la dictadura de Augusto Pinochet, desde sus inicios y la muerte de Salvador Allende, No pone fin a más de quince años de gobierno. El día en que la democracia regresó, por voz popular.
La cámara al hombro de Pablo Larraín se cuela en aquel 1988, año del Plebiscito Nacional de Chile, para mostrar, combinando ficción y archivo, el proceso de referéndum que convocó Pinochet. Y es que, sucumbiendo a la presión internacional, el régimen chileno del General convocó unas elecciones bajo la propuesta de extender la presidencia ocho años más. En ellas se presentaron dos posibles votaciones: “SI” – extender el Gobierno de Pinochet – “NO” – terminar con el Gobierno de Pinochet. A un mes del referéndum ambos partidos dispondrían de 15 minutos diarios en televisión para expresarse.


De hecho, bajo un clima de desesperanza, gran parte de la población creyó que el referéndum se manipularía. Sin embargo, la oposición no quería dejar pasar la oportunidad de derrocar pacíficamente a un régimen de casi dos décadas de vida. Ésta podía llegar a ser la caída de un dictador derrumbado por su propia cínica y democrática farsa que, sin querer, había liberado los deseos de una democracia real, aquella que durante tantos años había reprimido.


En este contexto aparece nuestro protagonista. Reclutado por el bando del “NO” para diseñar su estrategia electoral y hacer uso de los 15 minutos diarios, un inteligente y avispado publicista, Saavedra (Gael García Bernal), en seguida se da cuenta de que no sólo deben convencer a los votantes a favor del  “NO”, sino que, primeramente, deben convencer a poblaciones segmentadas, dispares, remotas para que acudan a las urnas.

Inmediatamente, Saavedra comprende que la campaña no puede focalizar su mensaje en la violencia y el sufrimiento que ha provocado el régimen de Pinochet. En cambio, éste opta por mostrar imágenes de felicidad, de alegría, de optimismo, promoviendo así la imagen de una nueva Chile.


No es una película que mezcla con gran inteligencia el documental y la ficción, adoptando por momentos formas cercanas al thriller político, pero manteniendo siempre ese look sucio que nos resitúa y recuerda que esto es real
Y olvídense de la seriedad y la demagogia que tanto se asocia con la palabra documental. Larraín prescinde aquí de todo didactismo y, mostrando también las crudezas del capitalismo venidero, se permite jugar con la ironía y la comedia, haciendo de No, también, una película divertida.
“¡Chile, la alegría ya viene!”

27 enero, 2013

¿Debemos tomarnos demasiado en serio a Tarantino?


De acuerdo. Reconozco que hubo un tiempo en que me gustaba Quentin Tarantino. Y, ¿a quién no? Era, incluso, cool. Provocativo, moderno, transgresor… Desde su Reservoir Dogsel director forjó un sello inconfundible y, muchos, quedamos prendados de sus historias, de sus diálogos, de sus personajes, de su puesta en escena.
Entre 1992 y 1997 Tarantino rodó el que yo, personalmente, considero su mejor pack, en términos comerciales: Reservoir DogsPulp FictionFour Rooms (The Man From Hollywood) Jackie Brown. Y, ¿después? Tuvimos que esperar seis años hasta el estreno de su nueva y ansiada película, Kill Bill Vol. I, sobre la cual Antonio Gasset, en Días de Cine, afirmó que si bien era incuestionable que fuera una virtuosa obra de dirección, sí era cuestionable que fuera algo más. No iba mal encaminado, pues, en adelante, dudamos acerca de si las películas de Tarantino han devenido algo más que meros ejercicios de lucimiento personal.

Nueve años después de aquel sangriento homenaje a las películas de serie B japonesas que (¿sólo?) gustan tanto a Tarantino, llega Django Desencadenado, su personal homenaje (¡cuántos ya!) al spaguetti western. Y es que, al igual que hiciera en su anterior Malditos Bastardos, el director sitúa la historia en un contexto histórico muy específico. Si antes fuera la Alemania nazi, esta vez se ambienta en el sur de Estados Unidos, dos años antes de la Guerra Civil.
La película cuenta la historia de Django (Jamie Foxx), el esclavo negro al que King Shultz (Christoph Waltz), un cínico cazarrecompensas alemán, promete dar la libertad si le ayuda a atrapar a los hermanos asesinos Brittle. Llevamos, más o menos, una hora de película. Tarantino pisa el acelerador. Django, al lado del alemán, se convierte en un experto cazador de blanquitos, así, vestido con una indumentaria estrafalaria, seguramente, en homenaje a algún filme de cuyo nombre sólo Tarantino se acuerda.

Y así, montado a caballo, junto al Rey Schultz, galopará en busca de un último objetivo: recuperar a su amada Broomhilda (Kerry Washington), esclava como él. La búsqueda llevará a Django y a Schultz hasta Calvin Candie (Leonardo DiCaprio), el malvado propietario de la plantación Candyland. Hemos llegado, más o menos, a las dos horas de metraje. A partir de aquí, sólo Tarantino sabe hacia dónde cabalga su película.
Django Desencadenado incorpora elementos característicos del universo Tarantino: personajes excéntricos, diálogos absurdamente inteligentes, planos imposibles, escenas musicalmente iconográficas, acciones grotescas, montajes no lineales… violencia, mujeres, sangre, venganza… Sí, todo esto estuvo muy bien. Sin embargo, ahora, resulta un cocktailpesado de digerir, porque Tarantino ya no reinventa, sino que se repite, y a sí mismo, que aún es peor. Y tal repetición convierte sus películas en caricaturas de sí mismas.
Sin embargo, durante buena parte de la película, me sorprendió encontrar a un Tarantino descafeinado, serio en apariencia. Pero, desde luego, el director no tiene freno, y a medida que el largometraje avanza, aumenta la cafeína. Un exceso de grotesco y pesadez: diálogos previsibles, planos rodados para ser guays, escenas violentas interminables… En eso se ha convertido, señor Tarantino. Ya hemos comprobado que dirige muy bien (en mi opinión, sus películas ya sólo merecen la pena por la sublime actuación de sus actores), pero, ¿y?

Ver a Michael Madsen cortar una oreja en Reservoir Dogs mientras baila “Stuck in the Middle With You” dejó a todos boquiabiertos; dos asesinos a sueldo hablando sobre la hamburguesa Royal con Queso en Pulp Fiction resultó casi genial; Robert de Niro descargando balas desquiciado porque ha perdido el coche en el parking devolvió al mejor Tarantino de Jackie Brown; discutir sobre quién descuidó la botella sin tapón en Four Rooms empezaba a resultar un recurso familiar… Pero es que, dieciséis años después, Leonardo DiCaprio todavía come tartas de nata con el revolver en el bolsillo. ¡La gota que colma el vaso!




¿Tomamos en serio al señor Tarantino? Spike Lee lo ha hecho, alegando que ha sido irrespetuoso con sus ancestros. “La esclavitud en Estados Unidos no es un spaguettiwestern de Sergio Leone”. A Quentin Tarantino se lo perdonamos. Es sólo una película, dicen algunos, no hay que tomárselo en serio. ¿De verdad? Me pregunto yo. Como el propio Spike Lee señala, ‘’los medios son muy poderosos. No te duermas. Despierta”. Tarantino no tiene medida.
Lo mejor de Django Desencadenado, esa muela gigante con muelle incorporado haciendoboing boing durante media película. ¡Ah! Y Christoph Waltz (por favor, que alguien le de a ese hombre un gran Oscar ya…)

Por Clara Martínez Malagelada
Publicado en la Revista Digital Under Magazine el 24 de Enero de 2013

23 diciembre, 2012

”Una pistola en cada mano”, de Cesc Gay


Cesc Gay regresa a las carteleras tres años después de su último trabajo, ‘V.O.S’. Ahora llega con ‘Una pistola en cada mano’, un título repleto de grandísimos actores: Ricardo Darín, Luis Tosar, Javier Cámara, Leonor Watling, Eduardo Noriega o Candela Peña son algunos de ellos.
El director catalán se ha distinguido hasta el momento por ser un gran creador de diálogos. Sus películas, ágiles, cercanas y muy actorales, han pasado en ocasiones injustamente desapercibidas. Si no han generado tanto ruido como la actual ‘Una pistola en cada mano’, tal vez sea fruto de ese conocidísimo reparto.


Desde luego, esperábamos encontrar en el nuevo filme, por lo menos, esas mismas virtudes que caracterizaran su filmografía. Pero no ha sido así.
‘Una pistola en cada mano’ cuenta, como si de pequeños capítulos se tratara, instantes vitales de ocho personajes masculinos. Un retrato psicológico que, de no haber sido tan excesivamente troceado, tal vez hubiera resultado eficaz. Porque así, contadas una detrás de otra – ¿por qué no intercalarlas, por ejemplo? – las historias se pierden en diálogos hechos a medida, previsibles, e incluso, por momentos, largos y aburridos. Partiendo de un guión que, de no ser por la maravillosa interpretación de los actores, hubiera resultado casi ridículo, Cesc Gay logra mediante una fresquísima dirección de actores ofrecer la verosimilitud necesaria. Pero no suficiente.

Por otro lado y, aunque desde luego intencionado, la idea de retratar ferozmente a los hombres como seres inmaduros, perdidos, infieles o mentirosos; frente a las mujeres, tan seguras, maduras y maternales, no ayuda a la hora de dotar a las historias de una mayor verosimilitud. Todo lo contrario. Genera artificialidad y repetición.
El problema de ‘Una pistola en cada mano’ es que no hallamos un sentido claro al conjunto de historias, puesto que cada una de ellas, sin comienzo ni final, termina perdiéndose y empequeñeciendo el todo. Cesc Gay ha perdido en esta película la frescura y el ritmo al que nos tenía acostumbrados, tan cercano al más puro estilo Woody Allen.

Clara Martínez Malagelada
Publicado el 19 de Diciembre en la Revista
Under Magazine

17 diciembre, 2012

”El Hobbit: Un viaje inesperado”, de Peter Jackson


Me desagrada la comidilla que genera una película antes de su estreno. Entré en el cine a ver ‘El Hobbit’ sin saber que la película era en 3D, y salí sin saber que se había proyectado, dicen, a 48 fotogramas por segundo, esto es, generando un look visual distinto, “más real”. Sinceramente, me pasó desapercibido, y dado el revuelo que está generando, pensaré que se trata de un nuevo tipo de merchandising. No me interesa mucho hablar de ello.
Sí me interesa resaltar que, en esta ocasión, el 3D es nuevamente prescindible. Cada vez que me acomodo en la butaca con esas gafas creo que estoy en el IMAX a punto de ver dinosaurios o tiburones. El director Werner Herzog logró darle con ‘La cueva de los sueños olvidados’ una oportunidad a este recurso de moda, incluso en la reciente ‘La Vida de Pi’… volví a ilusionarme. Sin embargo, en ‘El Hobbit’ el 3D consigue, en mi opinión, el efecto contrario: alejar al espectador de la historia. Tal vez sea el propio efecto, tan evidentemente ilusorio, que resulta alienante. Y, claro está, si además uno la ve en V.O.S, ¡imagínense! Los subtítulos flotantes no ayudan en absoluto (¡Con lo bien doblada que estaba!)

Y es que ‘El Hobbit’, al igual que la trilogía de ‘El Señor de los Anillos’, es visualmente una película impecable. Peter Jackson dota de una enorme verosimilitud la Tierra Media descrita por Tolkien. En esta ocasión, La Comarca, El Bosque de los Trolls, Rivendel y Las Montañas Nubladas son los cuatro espacios que ocuparan las aventuras de los protagonistas. En ellos se suceden escenastecnológicamente espectaculares.
Sin embargo, ‘El Hobbit’ no ha sabido mantener esta misma fuerza en la historia, concretamente en sus personajes. La cercanía, la vitalidad que nos hace sentir cada miembro de la Comunidad del Anillo, incluso cada personaje secundario, la extrañamos ahora terriblemente en esta nueva (y anterior) compañía.El hecho de que esté compuesta por trece enanos (a parte de Bilbo y Gandalf) evidentemente, no ayuda. Y parece que las casi 3 horas de metraje (¡de la primera de las tres partes!) tampoco.

Sí, esa sensación existe. No obstante, creo que gran parte del problema es querer comparar ‘El Hobbit’ con ‘El Señor de los Anillos’. También los respectivos libros. En mi opinión, es un error, pues no sólo tienen formas y objetivos distintos, sino que además se construyen sobre tonalidades distintas. ‘El Hobbit’ es un libro infantil, de tono juguetón, contado por un narrador que avanza y detiene la acción a su antojo, obligando a imaginar y pasar las páginas deprisa, como un niño. No hallamos largas descripciones como sí las hay en ‘El Señor de los Anillos’ que, aunque cómico en muchos momentos (recordemos los diálogos entre El Enano Gimli y El Elfo Legolas), mantiene un tono serio, solemne, adulto.
El relato de ‘El Hobbit’ pide una película ágil, divertida, cariñosa, sencilla y, sobretodo, entretenida. Y así es, porque se trata de una fidelísima adaptación.  ¿Excesivamente larga? Si Peter Jackson hubiera rodado un único filme sobre ‘’El Hobbit’’,  digamos, de dos horas, entonces sí hablaríamos de un terrible y fallido regreso a la Tierra Media. Eso sí, a 48 fotogramas por segundo.

Por Clara Martínez Malagelada
Sala 1, Revista Digital de Cine
Publicado el 16 de Diciembre 

24 septiembre, 2012

Tras el parón veraniego ...

... volvemos a un clásico que nos conmueve. Se trata de Breve Encuentro, dirigido por David Lean y protagonizado por Celia Johnson y Trevor Howard. Sería injusto no citar los nombres de Stanley Holloway, Joyce Carey, Cyril Raymond, Everley Gregg o Valentine Dyall .. un fantástico conjunto de secundarios creando personajes, minúsculos en apariencia, que refuerzan la personalidad ambiental de la película. 


Confieso que ahora, diez años después de haberla visto, temía encontrar cierta cursilería... La historia de un romance fugaz..., que cae en el tópico caducado de lo prohibido. Cuántas veces nos desencanta una película que en otro tiempo nos entusiasmó.

No fue así, en absoluto. Breve Encuentro mantiene, en nuestra opinión, la misma frescura de la primera vez. Destaca la tierna actuación de los dos protagonistas, así como la comicidad del grupo de actores secundarios. Alguna escena es llevada a la parodia, pero manteniendo una verosimilitud que nos recuerda a Hitchcock. 

Pendientes de la voz en off de Celia Johnson, entramos en el marco principal en que se desarrolla la película: una estación de tren. En ella sucede el primer encuentro de la pareja de protagonistas. A partir de este encuentro fortuito nacerá la pasión amorosa, sometida al pudor de la época. Sin embargo, David Lean no cae en el drama facilón, y hace también del breve encuentro un recuerdo agradable.



Sufrimos con los personajes, a un ritmo in crescendo, intenso como sus apasionados encuentros. Música de Rachmaninof de fondo, David Lean transmite toda la fuerza a las imágenes. Les añade el sonido, tan presente, sobre todo, en la estación, generando la tremenda tensión de cada espera y salida del tren. Claroscuros. Humo. Tacones que dudan. El reloj de la estación marca la hora. Apreciamos el mínimo detalle del director, que ha logrado recrear un espacio y un tiempo (la estación, cada jueves), en el que los protagonistas son libres y presos al mismo tiempo.

Breve Encuentro sigue fascinando. 

Os dejamos el trailer en inglés: